Lecturas Diarias

Lunes 17 de junio
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La voz le habló de nuevo, y le dijo: ´Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú profano.´ (Hechos 10,15)

Purificar es quitar de una cosa lo que le es extraño, dejándola en el ser y perfección que debe tener según su calidad; limpiar de toda imperfección una cosa no material.

Dios es el único que puede purificarnos. Es decir, perfeccionarnos. Por él somos puros, sin defectos. No cuentan las diferencias entre nosotros, al quitar de nosotros todo lo que nos es extraño, nos lleva a nuestra esencia, que es la misma, perfecta, porque es a su imagen y semejanza.

Con esta frase comienza la misión de Pedro, de predicar a los paganos; ya no cuentan las diferencias, Dios nos iguala.

Cornelio no era judío, pero era un hombre piadoso, que adoraba a Dios, oraba y ayudaba a los demás. Eso es lo único que cuenta, su esencia, ni su origen ni sus posibles defectos. Dios lo había purificado mediante su fe.

Profano sería lo contrario a sagrado, lo muy dado a cosas del mundo.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar cuándo algo o alguien es sagrado o profano?

Sólo Dios tiene el poder de juzgar y purificar.

Nosotros no debemos hacer distinciones, sino que debemos predicar la Buena Noticia a todos, pertenezcan o no a nuestra comunidad de fe.

Señor, ayúdanos a no juzgar, a estar abiertos para anunciar la Buena Nueva a todos y a todas, sin distinciones, porque tú nos has purificado a todos por medio de la fe y mediante tu Hijo Jesús, y nos has hecho hermanos.

Deborah Cirigliano

Hechos 10,1-20

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