No al Dios de los fascistas

Por Pep Castelló.

Barcelona.

El Dios de los fascistas que tras siglos de bendecir cruzadas, torturas e inquisitoriales hogueras puso en el gobierno de pueblos nobles y solidarios a criminales de la peor calaña, sanguinarios dictadores, gentes sin escrúpulos ni conciencia, sigue vivo y presente hoy sobre el planeta Tierra alentando a quienes hacen de la violencia su personal forma de relacionarse con el resto del mundo y aun con sus semejantes.

Ese Dios que durante los largos años que siguieron en España al triunfo golpista de 1939 vio complacido repletas las iglesias, escuchó con gozo las plegarias de tantos buenos españoles y aceptó con agrado su manso sacrificio, su asumida condición de rebaño, sigue vivo hoy en esta misma España y en muchos otros lugares de nuestro pobre mundo.

El mismo Dios que bendijo a los ungidos hombres de tonsura y luctuosa sotana que condujeron a la grey sobreviviente a la matanza perpetrada por las gentes de bien y de Iglesia sublevadas contra los herejes que pretendían aumentar los derechos del pueblo bajo, ese ruin gentío creado para servir a los escogidos, sigue vivo y activo en el presente histórico de la hispana patria y de tantas otras patrias de gentes honestas y estimables.

Sigue vivo ese Dios, hecho a imagen y medida de los codiciosos, los violentos, los caínes, los que no tienen ni idea de lo que significa dignidad humana, respeto, amor fraterno… Sigue vivo y activo, llenando de poder a sus adoradores, a quienes lo material tornan sagrado, intocable, insustituible. A quienes ponen el dinero en primer plano de su vida, por delante del alma, de la conciencia, de los principios de humanidad que un tiempo pareciera iban a regir por siempre más sobre la Tierra.

Ese Dios de los ejércitos que en el pasado siglo maldijo y fulminó en España a los esclavos que osaron oponerse al sagrado orden impuesto por sus santos amos, sigue dando fuerza al brazo armado que sometió en aquel entonces, aún no hace un siglo, a tanto descreído blasfemo, a tanto anarquista, a tanto comunista ateo, a tanto masón irreverente lanzados todos ellos a trocar en fría razón los sagrados símbolos de la Santa Madre Iglesia Católica Romana…

Sigue vivo y activo hoy sobre el planeta Tierra, sobre los territorios de pueblos originarios que no piden sino sobrevivir en este mundo dominado por la locura de poseer, de tener, de ser más que el vecino, de aplastar al hermano, de alzarse por encima de quien sea con tal de alzarse.

Sigue viendo ese Dios –complacido según parece pues que nada hace por impedirlo– como los desalmados antidisturbios apalean a quienes sacrílegamente invaden con manifestaciones de protesta el espacio público otrora escenario de santas procesiones.

Sigue viendo impasible como fuerzas policiales y parapoliciales asesinan a quienes reclaman sus derechos ancestrales a vivir del fruto de sus tierras. Sigue viendo y consintiendo como semana tras semana se recortan derechos y servicios a los desheredados, a quienes de unos años acá se nos hizo creer libres y viviendo en democracia, cuando la realidad era solo una máscara de una dictadura encubierta que en cualquier momento nos iba a convertir a todos en pordioseros,

¡Ay ese Dios de los ejércitos, de los fuertes, de los poderosos, de los genocidas! ¡Ay ese Dios inhumano, amante del sufrimiento y de la sangre de los crucificados! ¡Ay ese Dios creador de fuegos eternos, de infiernos que llenaron de terror nuestras mentes infantiles! ¿Cuándo cambiará por un Dios de justicia, de solidaridad, de amor, de Vida, Padre y protector de los pobres, los desvalidos, los sinfortuna, los de hacienda miserable… por ese Dios que predicaba Jesús de Nazaret y que anida en los corazones de quienes luchan al lado de los pueblos oprimidos? ¿Cuándo?

Quizá eso no vaya a ocurrir nunca. Quizá ese Dios fascista vaya a seguir inmutable por los siglos de los siglos. Quizá vaya sea preciso que nosotros comprendamos, ya de una vez por todas, que no cabe esperar de sus adoradores que renuncien a acaparar, a tener, a poseer, a mandar, a gobernar, a imponer… Quizá sea hora ya de tomar conciencia de que el único modo que tenemos de sobrevivir en tanto que pueblo sea aunar esfuerzos para forjar día a día, minuto a minuto, estructuras mentales que nos muevan a construir esa sociedad pletórica de utopía que soñamos.

No es adorando al oro que nos sume en la miseria como daremos vuelta a este mundo perverso, sino poniendo en el primer plano de nuestra vida individual y colectiva la dignidad que nos mueve a ser libres y solidarios miembros de la gran familia humana.+ (PE)

SN 0066/13

vía No al Dios de los fascistas..

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