EL ESPÍRITU DE DIOS EN LA IGLESIA

Mons Oscar Arnulfo Romero – HomilíasMons-Oscar-Arnulfo-Romero
EL ESPÍRITU DE DIOS EN LA IGLESIA

DOMINGO DE PENTECOSTÉS
29 de Mayo de 1977

Hechos 2, 1-11
1 Corintios 12, 3b-7.12-13
Juan 20, 19-23
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Queridos hermanos, estimados radioyentes:

Hoy celebramos la gran fiesta de Pentecostés. El nombre ya nos viene de la historia judía celebraba una plenitud de su Pascua, cincuenta días después de la propia Pascua. El número cincuenta en la Biblia representa plenitud. Hoy es el día, pues, en que la Pascua- la resurrección de Cristo- después de cincuenta días de alegrar la vida de la Iglesia, sin hacerla olvidar que su alegría procede de la cruz y del martirio, hoy nos quiere presentar ese Espíritu que Cristo infundió con su resurrección y su vida eterna a esta Iglesia; que por lo mismo puede ser muy perseguida, pero nunca podrán acabar contra ella: “Las puertas del infierno no prevalecerán”- dijo el eterno Resucitado- aquel que un día vencedor de la muerte y del pecado- nos acaba de contar San Lucas-, insufló.

¡Es un gesto precioso! La Biblia lo narra también, cuando al barro de la tierra Dios sopló el soplo de vida que hizo a la naturaleza eso que somos todos los que estamos aquí: inteligencia, libertad, capacidades inauditas que llevamos por el soplo de Dios. Esa creación se hace nueva, se redime del pecado con la redención de Cristo; y Cristo recién resucitado, como un nuevo creador, sopla sobre los hombres pecadores: “Recibid el Espíritu Santo”. Cincuenta días después, ese leve soplo del resucitado se convierte en un huracán. Huracán que atrae a la humanidad para escuchar que es ese soplo que viene de Dios. Es la vida nueva, la vida de la redención. También la plenitud de la Pascua se manifiesta, muchos de ustedes asistieron a la Vigilia Pascual; aquel cirio encendido que iluminó la media noche del Sábado Santo y que se hizo luz en las velas de todos los asistentes ahora es lengua de fuego que cae del cielo para decir que esas antorchas de la Pascua, es todo un Dios que se encarna en los hombres, todo un Espíritu de Dios que nadie lo puede apagar. ¡Esta es la plenitud!.

Por una feliz iniciativa de nuestros obispos antepasados, este día de plenitud de Pascua es el Día del Seminario. Es el día en que el nuevo cenáculo, el seminario, abrigando los nuevos apóstoles, junto con la oración con María, madre de Jesús, se preparan para esa plenitud de su ser; y salir, como los apóstoles, iluminados por el Espíritu de Dios, a predicar esa nueva vida, esa luz que Cristo ha traído con su redención.

Es el día, pues, en que se inaugura la Iglesia. ¡Esto es importante, hermanos! Si para conocer una institución hay que ir a ver sus constituciones, sus reglamentos, la razón que le dió origen, hoy es una oportunidad de conocer ¿qué es la Iglesia? Para que tanto los sacerdotes y obispos que la predicamos, como los seminaristas que se preparan en sus seminarios, como las religiosas, los religiosos que ya trabajan siendo el rostro de la Iglesia en el mundo, y todos ustedes, queridos laicos, que son vida y misión de la Iglesia, sepamos conocer nuestra propia identidad. Y este ha sido mi afán desde que la Iglesia, con mi llegada a la sede arzobispal, ha tenido que soportar circunstancias tan difíciles, que en ningún momento he querido ser un confrontamiento de fuerza contra fuerza. ¡Eso es calumnia! Lo que he querido es definir qué es la Iglesia. Porque en la medida en que esta Iglesia se defina, se conozca, viva lo que es, será fuerte… La Iglesia no tiene enemigos, solamente lo son los que voluntariamente quieran declararse sus enemigos.

Hoy es día magnífico para conocer los orígenes de nuestra Iglesia y saber que somos. No nos enfrentemos a nadie, hermanos, no somos una potencia política, ni sociológica, ni económica. En una de nuestras declaraciones de estos días dijimos: “Somos el pequeño David, tal vez frente al gigante Goliath, que confía en sus armas, en sus poderes, en su dinero. Nosotros confiamos en el nombre del Señor, nuestra pequeñez será grande y poderosa en la medida en que sea humilde, amorosa y se afiance en el nombre del Señor”. ¡Y esto es Pentecostés!.

Los orígenes de nuestra Iglesia nos cuentan de unos doce pescadores, gente rústica junto a una humilde virgencita de Nazareth, pero que recibe un bautismo de fuego y huracán. Y aquellos cobardes, encerrados en el cenáculo, se sienten Iglesia y salen al mundo a predicar. Y cuando les dicen: “Ya les dijimos que no anden contando cosas de ese falso resucitado”. Ellos aseguran: “¡Lo hemos visto! ¡Somos testigos! ¡No podemos callar y tenemos que obedecer a Dios antes que a los hombres¡”. Y aunque mueren mártires dejan en pos de sí una larga sucesión que llega hasta nuestros días: en los obispos, en los sacerdotes, en todo el pueblo cristiano que sigue siendo la misma Iglesia de hace veinte siglos, la Iglesia de Pentecostés. ¿Qué es la Iglesia? ¿Qué es Pentecostés? Es la misma cosa. Yo solamente, entre la mucha riqueza doctrinal que nos ofrece esta fiesta, solamente quiero sacar tres pensamientos, hermanos, como tres mensajes que yo les suplico guardarlos en su corazón y tratar de vivirlos:

1. IGLESIA, FENOMENO DE APERTURA HUMANA FRENTE A LA FUERZA DIVINA

El primero es éste: La Iglesia es un fenómeno de la apertura humana frente a la fuerza divina.

Y aquí estoy contestando a muchos hombres que creen que hoy la oración ya pasó de moda, muchos que ya no oran, muchos que creen encontrar la solución de los problemas de la tierra sin elevarse a Dios. La Iglesia- dice el Concilio- tiene como misión principal una misión religiosa: abrirse a Dios, unir los hombres con Dios. De allí derivarán todas sus grandes consecuencias humanas, como lo vamos a ver. Pero yo quiero que afiancemos esta idea, hermanos. Hoy hay mucho materialismo. En el mensaje último de los obispos denunciábamos dos espantosos materialismos: el materialismo ateo de los marxistas y también el materialismo egoísta del capital liberal. Los dos son materialismos; por eso ninguno se entiende con la Iglesia, porque la Iglesia es espiritualista, es elevación hacia Dios, es trascendencia, es decirle al hombre: “Tú tienes una gran capacidad, lo más hermoso de tu vocación humana es hablar con Dios, entablar diálogo con tu Creador”. ¡Esto es bello, hermanos! Y Pentecostés lo pone de manifiesto: Un Dios que se abre campo entre los hombres para darles su vida, su verdad, su esencia.

Acaba de decirlo San Pablo: “Nadie puede decir: Jesús es Señor, sino bajo la inspiración del Espíritu Santo”. ¡Mediten esta frase! Con los labios lo podemos decir: “Jesús es Señor”; pero sentir, profundizar todo que eso quiere decir, sólo si Dios me permite el acceso a platicar con Él, sólo si siento la capacidad de orar. El hombre que no ora, no ha desarrollado toda su fuerza humana; el hombre que no ora, porque cree que Dios no existe, está mutilado; el hombre que no ora, porque está de rodillas ante su materialismo -llámese dinero, política, otra cosa- no ha comprendido la verdadera grandeza de su ser humano.

Orar es comprender que este misterio que soy yo, hombre, tiene unos límites y que entonces comienzan las esencias infinitas de aquel con quien puedo dialogar. Si estuviera en mis manos hacer un amigo a mi gusto al cual yo le pudiera transmitir todo mi pensamiento, toda mi libertad, todo lo que yo soy para poder entablar con él un diálogo; de mis manos brotaría una criatura que al mismo tiempo la hago mi interlocutor. Pero esto es imposible, entre los hombres es imposible; pero para Dios, que ha hecho el cielo y la tierra, hay también la capacidad de crear un interlocutor, de hacer un ser al que lo ha constituido príncipe de la creación, para que interprete la belleza de los soles y de las estrellas, para que interprete la alegría de la vida, para que sienta la angustia de su pequeñez y hable con él que lo puede socorrer, con el autor de las cosas. Esto es orar, la capacidad del hombre para comprender que ha sido hecho por alguien poderoso, pero que lo ha elevado para ser su interlocutor, platicar con él.

Esto es Pentecostés, esto es la Iglesia: llevar a los hombres este mensaje. Por eso la Iglesia predica ante todo su misión religiosa; enseña a orar. Se aflige cuando sus hijos no rezan: La oración, que tanto hemos estado inculcando. Esta es, hermanos, nuestra Iglesia, el alma de nuestra Iglesia. El Espíritu Santo no es otra cosa que aquel Dios que se pone en comunicación con nosotros y que nos invita a que usemos nuestra libertad, nuestra inteligencia, para abrirla al absoluto y entrar en diálogo con el que me ha creado, me ha hecho capaz de hacerme su hijo, me espera en su cielo, me consuela en la tierra, me lleva por caminos dignos de un hijo de Dios.

SIGNOS DE TRASCENDENCIA

De este sentido religioso, hermanos, deriva un deber grandioso en la Iglesia, terrible de ver; y es el que ella tiene que defender sus signos, signos de su trascendencia. ¿Cómo no le va a doler a la Iglesia que el signo más hermoso de la presencia de Dios en esta tierra, la eucaristía, haya sido pisoteada en Aguilares? ¿Cómo no le va a doler que hayan metido hacha y hayan roto su sagrario? Sea quien sea, porque también en Ciudad Arce hubo profanación del Santísimo por viles ladrones, pero también en Aguilares; no había necesidad de golpear así la reliquia santa de nuestra fe: ¡La eucaristía! Signo de nuestra presencia divina en el mundo son nuestros sacerdotes. ¿Cómo no le va a doler a la Iglesia que se desconfíe de ellos? ¿Qué se les quiera dividir entre malos y buenos? Si están en comunión con su obispo están predicando, están siendo el signo de un evangelio que se anuncia en el mundo como señal de lo divino. Y si no cumplen con su deber el obispo tiene que llamarles la atención. Y ustedes fieles, y ustedes autoridades, en vez de poner las manos sacrílegas directamente sobre ellos, tienen que dirigirse a sus responsables, a sus obispos, para decirles: el Padre tal está fallando en la fe. Pero nadie, fuera del magisterio de la jerarquía, tiene el derecho de decir si ese sacerdote predica el Evangelio o no predica el Evangelio.

Signo de la presencia divina de Cristo: el Papa. Y por eso hermanos, ya desde ahora los convoco como pastor para celebrar el Día del Papa, el 30 de junio, con actos hermosos en todas las iglesias parroquiales, que sintamos que el Papa, en quien se personifica el sacerdocio, es el signo divino de ese hombre que son sus miserias humanas ha sido escogido por Dios para ser el instrumento de su gracia y de su verdad. Por eso el Día del Seminario en Pentecostés nos hace pensar a todo el pueblo de Dios que esos jóvenes, escogidos de familias nuestras, son privilegiados. Y que los debemos de querer, les debemos de ayudar, los debemos de amar, ahora sobre todo, cuando ellos no encuentran otro estímulo que el de un sacerdocio perseguido, calumniado, asesinado. Da gusto que estos muchachos sientan la alegría de su vocación, porque la comprenden: el sacerdocio no es de haraganes, de poltrones, de guerrilleros; sino que es de héroes que llevan un mensaje tan difícil que el mundo no lo puede comprender.

Es necesario, entonces, que hagamos en la persona del Papa, el próximo día de su coronación, que fue el 30 de junio, homenajes especiales para honrar en él a todos los sacerdotes y obispos, para desagraviar en él, los sacrilegios que se han cometido por asesinatos, torturas, expulsiones de los ministros de Cristo, para amar al Papa, y en su persona amar al sacerdocio, comprenderlo, ayudarle; y como decía de la eucaristía, también en estos días tenemos una gran celebración: El Corpus o sea el homenaje a la hostia consagrada, ya desde este momento lo proclama como una fiesta de desagravio al Santísimo Sacramento vilmente profanado también en esta persecución. Hagamos del Corpus en nuestras parroquias un homenaje espléndido del signo sagrado de la Iglesia en el mundo. Hagamos de nuestro Corpus una expiación, como le enseñaba el ángel a los niños de Fátima: “Yo quiero reparar por los que te ofenden, yo quiero amar por los que no aman, quiero tener fe en tí por los que ya perdieron su fe, y que vuelva a ser el Santísimo Sacramento el alma visible de nuestra Iglesia, de nuestra fe”.

2. SEGURIDAD DE LA VERDAD

El segundo pensamiento, hermanos, que yo les traía de Pentecostés, es la seguridad de la verdad. Sería un orgullo decir que estoy seguro de la verdad, si no me lo hubiera dicho Cristo cuando les dijo a los apóstoles: “Os enviaré el Espíritu de la verdad que os enseñará todo”. Este Espíritu de la verdad es lo que anima a la Iglesia a predicar, a escribir, a hablar por radio. Hablar el Espíritu de la verdad frente a la mentira, deshacer ambigüedades. ¿Pero por qué no va a hablar esta Iglesia inspirada por el Espíritu de la verdad, cuando ella misma es víctima de la calumnia y del mal entendido? Campos pagados donde la verdad se dice a medias. ¡Es peor que mentir! Las páginas negras de la Iglesia son la parte humana, y hay que verlas en el contexto histórico en que sucedieron. ¡No es tan criminal la Iglesia! La persecución a los jesuitas es historia y si supiéramos que su mismo fundador, San Ignacio de Loyola, pidió para su orden la señal de la persecución, no nos extrañaría.

La persecución es algo necesario en la Iglesia. ¿Saben por qué? Porque la verdad siempre es perseguida. Jesucristo lo dijo: “Si a mí me persiguieron, también os perseguirán a vosotros”. Y por eso, cuando un día le preguntaron al Papa León XIII, aquella inteligencia maravillosa de principios de nuestro siglo, cuáles son las notas que distinguen a la Iglesia Católica verdadera, el Papa dijo: “Ya las cuatro conocidas: una, santa católica, apostólica; agreguemos otra -les dice el Papa-: perseguida”. No puede vivir la Iglesia que cumple con su deber sin ser perseguida. La Iglesia predica la verdad como Dios mandaba a los profetas: a anunciar su verdad frente a los embustes, a las injusticias, a los abusos de su tiempo. ¡Y cómo les costaba a los profetas! Hasta se querían huir de Dios, porque sabían que ir a decir la verdad era sentenciarse a muerte.

Cuando el profeta Juan Bautista se presenta al palacio de Herodes para decirle: “No te es lícito vivir en adulterio”, naturalmente que la adúltera, como una víbora, arranca del rey la decapitación del profeta. Y así también siempre que se predica la verdad, contra las injusticias, contra los abusos, contra los atropellos, la verdad tiene que doler. Ya les dije un día la comparación sencilla del campesino. Me dijo: “Monseñor, cuando uno mete la mano en una olla de agua con sal, si la mano está sana no le sucede nada, pero si tiene una heridita… ¡Ay! Ahí duele”. La Iglesia es la sal del mundo y naturalmente, que donde hay heridas tiene que arder esa sal. Por eso, la Iglesia tiene como nota esencial la persecución y hay momentos en que arrecia esa persecución. Nosotros no decimos que viene sólo del Gobierno, la persecución viene de otras fuentes también poderosas. La persecución viene de los pecadores, la persecución viene de todos aquellos que tienen algo contra el Decálogo. También les duele a los que fomentan el aborto que la Iglesia no esté con el aborto; también le duele a quien usa medios anticonceptivos artificiales que la Iglesia en su Encíclica Humanae Vitae diga que no es lícito mutilar las fuentes de la vida. Al que mata, asesina, naturalmente que le duele que le recuerden el quinto mandamiento: no matarás. Y al que roba y al que miente también aquellos mandamientos que reprueban esas acciones le estorban.

La Iglesia es perseguida, tiene que ser perseguida, si es defensora de los derechos de Dios y de la dignidad humana. Esta misión profética de la Iglesia es difícil, pero es necesaria, porque el Concilio dice que el Espíritu de Dios le dejó la verdad para dar testimonio de la verdad. ¿Cómo vamos a ver con indiferencia, hermanos, las escenas dolorosas de Aguilares, de El Paisnal, de Guazapa? ¿Cómo no va a decir la Iglesia su palabra de dolor con el que sufre y de rechazo a la violencia contra todos estos atropellos? ¡Qué se juzguen las cosas, que se haga justicia! Pero por quien debe hacerla, porque por encima de los hombres, está un Dios que reclama el respeto a la vida y a la dignidad, y a la libertad del hombre y a su vivienda. Y la Iglesia tiene que proclamar, pues, la palabra del Señor. Pero al proclamar así, proféticamente, este rechazo de la maldad del pecado, la Iglesia no lo hace con odio. Fíjense bien, el Espíritu de la verdad que ilumina la Iglesia para decirle al pecador quien quiera que sea: “No seas pecador, no seas cruel, no atormentes, no tortures, no trates mal”; lo hace con amor; busca su bien, busca su conversión.

En este día, nos cuenta la Biblia que a la predicación de Pedro tres mil hombres se convirtieron. Escucharon el Espíritu de Dios en la palabra de aquellos hombres. Y yo sé hermanos, que todos aquellos que están viviendo en estas vicisitudes de nuestra Iglesia, si de veras son hombres de buena voluntad, se convierten. Vieran cuanta gente se está convirtiendo ante la Iglesia firme en el cumplimiento de su misión. Muchos piensan que se está perdiendo la fe porque algunos se le van. Se van los que se tienen que ir, pero se quedan con la Iglesia los que comprenden que la Iglesia no puede hablar de otro modo y se convierte y se hacen con la Iglesia también profetas de su verdad y se incorporan a esta misión de la defensa de Dios en el mundo.

Es un llamamiento pues, que la Iglesia hace desde el Espíritu de Pentecostés: a no dejarse engañar. Queridos lectores de los periódicos, ya son gente madura ustedes. No necesitan que les digan: “Esto es mentira, esto es verdad”. ¡Disciernan ustedes mismos! Todos comprenden con que intención son escritas ciertas páginas, como se tergiversa el magisterio de la Iglesia en ciertas columnas. ¡No son niños los lectores de la prensa de nuestro país, son hombres que van madurando cada vez más! Y hasta en los humildes campesinos vemos como se discierne la mentira y la verdad, la ambigüedad y la exactitud. Un llamamiento para que se dejen de escribir sandeces, verdades a medias, mentiras, calumnias. Ojalá se ocupara ese dinero en esfuerzos de unidad, de comprensión. Les llamamos a todos ustedes lectores, a quienes no tienen dinero para contestar con campos pagados, como la Iglesia, que es pobre, que sepamos siquiera decir: “¡Esto es mentira¡” O si tenemos dudas, acerquémonos a alguien que nos pueda ilustrar, un experto de historia eclesiástica, de teología. La verdad de la Iglesia no es un tesoro oculto, como Cristo decía ante sus acusadores: “He predicado en público, preguntad a quienes me han oído”.

3. GARANTIA DE UNIDAD

Y por último, hermanos, y perdonen que me alargo, pero Pentecostés es una oportunidad bella para ver que en la Iglesia, que tiene que hacer, que somos, si de verdad somos Iglesia.

En tercer lugar, Pentecostés, la Iglesia es garantía de unidad.

¡Qué bella la segunda lectura de hoy! San Pablo dice que el Espíritu da a su Iglesia diversidad de dones, de oficios, de carismas. Aquí en esta Catedral tan llena en esta mañana, y a través de la radio miles y miles de corazones católicos que estamos en reflexión, no hay dos que hayan recibido los mismos dones. Dios es tan variado en su creación que no hay dos hojas iguales en un árbol; mucho más en la creación del infinito en su Iglesia, ha dado dones maravillosos para que entre todos los dones, fíjense bien, organicemos el Reino de Dios. Es necesario un pluralismo sano; no queramos cortarlos a todos con la misma medida. No es uniformidad, que es distinto de unidad. Unidad quiere decir pluralidad, pero respeto de todos al pensamiento de los otros y entre todos crear una unidad que es mucho más rica que mi solo pensamiento. Esto es el Espíritu Santo; uniendo en una sola verdad, en un solo criterio divino a todos los hijos de la Iglesia. A unos los hace obispos, a otros sacerdotes, a otros religiosos, religiosas, catequistas, padres de familia, estudiantes, profesionales, jornaleros, etc. Y en todos -dice San Pablo el mismo Espíritu que hace converger a todos hacia la unidad. Esta es una de las horas más bellas de nuestra Iglesia, hermanos, precisamente por la unidad. Y ya que a la luz de Pentecostés estoy recordando hechos concretos de nuestra Iglesia, permítaseme terminar recordando hechos muy felices.

No todo es amargura; esas pobres basuras de la persecución se quedan como basura cuando uno contempla la altura de los católicos que aman y tratan de construir la verdadera Iglesia. Por ejemplo, en esta semana se ha notado un despertar del laicado. El laicado son todos ustedes; los que no son sacerdotes, ni religiosas se llaman laicos y por su bautismo están incorporados al Cuerpo de Cristo y comparten con la Iglesia toda la responsabilidad de ser en el mundo verdad, unidad, luz, sal, salud de la gente. Hemos tenido el gusto de ver a los seglares reunirse y preparar un comunicado que se anda difundiendo en estos momentos, y en ese comunicado llegan a decir: “Comprendemos y admiramos que hemos dejado solos a los sacerdotes, los cuales heroicamente han tenido que defender responsabilidades que son de nosotros los seglares”. Es una hermosa confesión, un llamamiento a todos los que viven en el mundo para que sepan que el sacerdote que no vive en el mundo en una familia como ustedes, les inspira con su doctrina, con su gracia, con su palabra, con su ministerio; pero ustedes en el mundo tienen que ser los que lleven a encarnarse en las estructuras, en la vida concreta del hogar, del empleo, del almacén, de la política, de la hacienda, la vida del Reino de Cristo. Ustedes católicos, sin ser sacerdotes, son sacerdotes de su propio hogar, tiene que santificar su propio oficio y este despertar del laico lo estamos notando ahora cuando faltan quince sacerdotes que se nos han quitado y que ya no pueden trabajar con nosotros. Queda el puesto a ustedes laicos para que asuman su papel de Iglesia en esta hora en que todas las fuerzas son necesarias en el Reino de Dios.

Quiero recordar también con admiración, con gratitud y cariño de la reunión de ayer en María Auxiliadora. En torno de los seminaristas- y llenémonos de alegría, cantando los seminaristas que estudian en nuestro seminario para ser sacerdotes contábamos 400 muchachos. ¡Qué esperanza! Y que en vez de afligirse ante la situación del sacerdocio que ellos aspiran, se sienten más animados porque ven que el sacerdocio vale la pena a un joven de amplias ilusiones. Y en torno de los seminaristas se reunieron ayer los sacerdotes, las religiosas y los laicos, como pueblo de Dios ¿Qué nos toca hacer para que los sacerdotes no falten en nuestras comunidades? Es un llamamiento del día del Seminario para que en este día o en los días próximos, con su oración y con su ayuda económica, nos ayuden a sostener nuestros seminarios.

Otro acontecimiento digno de mención de Pentecostés es la reunión de las religiosas que auscultando esta realidad de nuestro país quieren preguntarse en su conciencia: ¿Cuál es nuestro papel de almas consagradas? Cada congregación religiosa tiene su propio carisma recibido de su fundador, que lo tomó del evangelio. ¿Qué haría ese fundador ahora aquí en El Salvador? Eso tiene que hacer la religiosa, también ahora aquí en el Salvador interpretando su fundación en la hora presente para no apartarse del evangelio ni de su Espíritu pero ser actual, no apartarse sino desarrollar su vocación en sintonía perfecta con esta Iglesia que está en el mundo para ser sal de la tierra y luz del mundo.

Y, finalmente, hay un hecho, hermanos, con el que quiero coronar esta ya larga homilía, pero es un ejemplo que me ha llenado de alegría, de consuelo y de ver que Dios nos bendice mucho todavía. Es el ejemplo maravilloso de nuestro querido predecesor Monseñor Luis Chávez y González, con sus 75, casi 76, años de edad, me dice que está disponible y que me sugiere irse para Suchitoto. “Me conmueve su gesto, Mons. Lo que usted quiera” “Entonces voy a hacer mi profesión de fe” “Pero, Monseñor, ¿quién va a dudar de su fe?” -“No -me dice- es de ley, hay que hacerlo”. Y poniéndose de pie frente al crucifijo de mi escritorio reza con la humildad del más humilde cristiano: “Creo en Dios Padre, todopoderoso, creo en la Iglesia…” Y después del credo me dice: “Juro obediencia y fidelidad mi superior”. ¿Quién era superior ahí, hermanos? Me sentía tan chiquito ante este ejemplo maravilloso. Allá está, a esta hora está inaugurando su ministerio parroquial con otros sacerdotes jóvenes que le van a ayudar. Pero no hay que perder este gesto de Pentecostés, ése es el sacerdote, ése es el hombre que mientras vive aunque ya con los achaques de la ancianidad o de la enfermedad, siempre es signo de lo divino en la tierra. Moría en San Miguel el Padre González, viejito, paralítico casi, tres o más años, cinco años creo, en un lecho sin poderse levantar; y ahí llegaban a confesarse, porque aquella mano dolorosa que se levanta para decir: “Yo te absuelvo de tus pecados “es el signo de Dios en la tierra. Mientras hay hálito de vida en un sacerdote, es presencia de Dios, el Espíritu Santo que se quiere valer de los hombres para ser signo de lo divino entre los hombres.

No olvidemos, hermanos, frente a esta ola de difamación de la Iglesia: la Iglesia es más bella, se parece a esas rocas del mar que cuando más las embaten las olas, la embellecen con chorreras de perlas; con hermosuras de olas la pulen, la hacen más hermosa. Esto es la Iglesia en nuestra hora. ¡Vivámosla! Ahora que nos hemos asomado en el Espíritu de Pentecostés a ver los orígenes de nuestra Iglesia y hemos encontrado estas tres notas: apertura a lo absoluto, enseñar a orar; seguridad de la verdad, misión profética para denunciar la mentira y la ambigüedad, y proclamar la verdad del Señor; y tercero, garantía de unidad, la que unifica todos los idiomas en un solo amor; esto es la Iglesia; nos da la alegría, pues, de que al confrontarla con sus orígenes, es la misma Iglesia. Los que quieran vivir esta apertura espiritual hacia Dios, esta seguridad en la verdad de su magisterio, esta unidad en la variedad, sin odiarnos sino amarnos ¡Esto somos la Iglesia! Los que no quieran esto, se apartan, se excomulgan ellos solos; no son Iglesia, aunque se llamen católicos.

Vivamos la belleza, hermanos, de esta hora en que nos define. Definámonos; somos Iglesia si vivimos estas tres características: apertura a lo infinito, confianza en Dios; seguridad en la verdad que predica la Iglesia, no dudas; y garantía de unidad, integrarnos cada vez más con la unidad jerárquica. Aunque no se diga católica esta acción, ésta es la verdadera católica acción. Vamos a proclamar nuestra fe, y desde nuestro Credo comprendemos que bella es la Iglesia.

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