Celebrar Navidad es celebrar la Vida

En estos tiempos de Navidad, no son pocas las voces que se levantan en las redes sociales gritando que los cristianos no debemos celebrar la navidad, porque es una fiesta pagan… Que el árbol navideño es una consagración a las divinidades paganas demoníacas… Que el nacimiento es adoración de ídolos, lo cual está prohibido en la Biblia… Y así siguen, y siguen, y siguen,… hasta que venga otra “fiesta cristiana” con la que agarrarse.

Realmente este tema me resulta patético, y lo confieso honestamente: no entiendo a muchos de mis compañeros de militancia cristiana, y menos a aún a mis colegas pastores, que se oponen radical y visceralmente a la celebración de Navidad. Es conocido por todos que el 25 de diciembre es una fecha escogida por la Iglesia, y no es la fecha exacta del nacimiento de Jesús. También es sabido por todos que fue escogida esa fecha para “vaciar” de significado una celebración en honor a una divinidad pagana (el dios Mitra), y así reforzar la comprensión de la supremacía de Cristo por encima de quienes las culturas declaraban “dioses”. … Todo eso es sabido, conocido, archi conocido, y real.

Pero el punto es que en la celebración de Navidad actual, estamos llamados a recordar el acto supremo de amor de Dios, enviar a Su hijo a encarnarse, a asumir nuestra vida en todas sus limitaciones y potencialidades, para mostrarnos desde acá cómo vivir en estado de reconciliación con él y con los demás. Ese es el sentido de la Navidad, y no una adoración disfrazada de otros dioses; quien afirma eso no tiene idea de lo que habla… es más, habla sandeces.

Por otro lado, el usar o no árbol o nacimiento, es otra discusión peregrina y si sentido (al menos así lo veo y lo enseño). El árbol fue escogido por la Iglesia como símbolo de permanencia de la fe en medio de las adversidades y luchas cotidianas. El pino, de hojas perennes y siempre verde, es un símbolo de la persistencia de la vida en medio de la “muerte” que el invierno helado septentrional trae. Es el mismo caso que con el símbolo del pelícano, que en los primeros siglos del cristianismo fue escogido como símbolo del mismo Cristo. ¿Cómo así? a partir de una costumbre de los pelícanos, que para que sus crías sobrevivan y se nutran bien, se pica el propio pecho y alimenta a su polluelos con su propia sangre. ¿Acaso no es un simbolismo bello del amor de Cristo por sus amigos, que le llevó a dar su propia vida para que nosotros vivamos?

El nacimiento, por otro lado, ha sido defenestrado por muchas iglesias evangélicas (o sea, mi Iglesia). En América Latina especialmente se ha criticado el nacimiento con base en el mandamiento de no hacer imágenes de Dios, cosa que es cierta pero que se topa con una realidad bíblica y teológica innegable: si bien Dios Padre no tiene forma humana o terrena que lo represente, sí la tiene Dios el Hijo, y es la forma de un bebé humano, tan humano como cualquiera de nuestros hijos e hijas, como nosotros mismos. Por otro lado, se critica al nacimiento por la costumbre arraigada en la tradición religiosa popular de “adorar” al Niño Dios. No puedo negar que esta es una razón que me parece válida, y como evangélico no comparto la adoración o veneración de imágenes. Pero tampoco puedo negar, y a eso me comprometo en cada época de Navidad, que los símbolos tienen mucho valor al momento de educar en la fe. Prefiero trabajar alrededor de un nacimiento con los niños y niñas para enseñarles el gran amor de Dios, y el profundo desprendimiento del Hijo que dejó su riqueza y asumió nuestra pobreza que hacerlo a través de miles de sermones adultocéntricos y que exaltan el razonamiento occidental. Además, ¿qué mejor ejemplo para promover una vida sencilla que la del nacimiento? El Autor y Consumador de la Vida duerme en un pesebre junto a su padres, madre y amigos, promesa de una vida adulta de sencillez y entrega a Dios y a los demás. Si eso no es la concreción de Filipenses 2.5-11, ¡ya no entiendo nada!

Lamento que muchos y muchas no vean cuánto daño hacen al testimonio de Cristo con sus actitudes sectarias y ofensivas (ser sectario e irrespetuoso es malo en sí mismo; ¿cuánto más en estos tiempos que nos evocan la ternura desbordada de Dios?). Dejo su juicio al Juez que juzga rectamente; por mi parte, como dice el apóstol Pablo, yo también llevo en mi cuerpo las marcas de Cristo, así que no me molesten más. Yo cada año anhelo celebrar la Navidad con mi familia, con mi hija, con mis amigos y hermanos y hermanas en la fe. Anhelo poder sentarme en silencio junto al árbol y al nacimiento, propio o ajeno, y poder evocar la escena original, y ver en ese niño tan vulnerable y sencillo a Aquel que luego me daría vida con su muerte y resurrección… Porque Jesús nació, vivió y murió; y si murió como murió es porque vivió como vivió. Sencillo, tierno, lleno de amor hacia sus compañeros de raza, tan humano y tan divino como sólo Él puede haber sido. Y él vivió a plenitud el amor que nos mostró. Y tanto nos amó, que nació como uno de nosotros. Un abrazo grande, y ¡FELIZ NAVIDAD 2014!

Lecturas Diarias

Lunes 17 de junio
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La voz le habló de nuevo, y le dijo: ´Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú profano.´ (Hechos 10,15)

Purificar es quitar de una cosa lo que le es extraño, dejándola en el ser y perfección que debe tener según su calidad; limpiar de toda imperfección una cosa no material.

Dios es el único que puede purificarnos. Es decir, perfeccionarnos. Por él somos puros, sin defectos. No cuentan las diferencias entre nosotros, al quitar de nosotros todo lo que nos es extraño, nos lleva a nuestra esencia, que es la misma, perfecta, porque es a su imagen y semejanza.

Con esta frase comienza la misión de Pedro, de predicar a los paganos; ya no cuentan las diferencias, Dios nos iguala.

Cornelio no era judío, pero era un hombre piadoso, que adoraba a Dios, oraba y ayudaba a los demás. Eso es lo único que cuenta, su esencia, ni su origen ni sus posibles defectos. Dios lo había purificado mediante su fe.

Profano sería lo contrario a sagrado, lo muy dado a cosas del mundo.

¿Quiénes somos nosotros para juzgar cuándo algo o alguien es sagrado o profano?

Sólo Dios tiene el poder de juzgar y purificar.

Nosotros no debemos hacer distinciones, sino que debemos predicar la Buena Noticia a todos, pertenezcan o no a nuestra comunidad de fe.

Señor, ayúdanos a no juzgar, a estar abiertos para anunciar la Buena Nueva a todos y a todas, sin distinciones, porque tú nos has purificado a todos por medio de la fe y mediante tu Hijo Jesús, y nos has hecho hermanos.

Deborah Cirigliano

Hechos 10,1-20

IS FATHERHOOD FADING OUT?

A Christian response to the boom in absent dads.

Alexandra Kuykendall
[ posted 6/14/2013 8:21AM ]
 
As a girl, Father’s Day underscored the other 364 days of the year, bringing a blaring reminder there was no father around to celebrate. The absence of that single, critical male relationship didn’t just make me feel lonely and left out, it impacted my understanding of the world and my place in it. .

After reflecting on how my father’s absence has impacted me as a girl and now woman, wife and mother in my memoir, The Artist’s Daughter, others have shared with me similar stories of abandonment and struggle. Our collective stories confirm what statistics scream: that the bond from father to child is essential. Whether our dads were good, bad, or not there at all, this relationship shapes our understanding of our very identities.

Yet, we live in a country where too many of us have broken relationships with Dad. In America, 1 in 3 kids live apart from their biological fathers. A recent Washington Post article addressed the dad dilemma with the eye-catching title: The new F-Word – Father. In it, Kathleen Parker addresses a question being asked as we discuss the latest stats on America’s female breadwinners: In the evolving 21st-century economy, “what are men good for?”

Parker concludes:

Women have become more self-sufficient (a good thing) and, given that they still do the lion’s share of housework and child rearing, why, really, should they invite a man to the clutter? Because, simply, children need a father… . Deep in the marrow of every human child burbles a question far more profound than those currently occupying coffee klatches: Who is my daddy? And sadly these days, where is he?

While single mothers may have enough grit, love, and know-how to raise us, the absence of Dad will still have its effect. Study after study shows that a children with absent fathers are more likely to live in poverty, drop out of high school, have a failing marriage, even be incarcerated than those whose fathers are involved in their lives. The data confirms how much a father matters to a child’s physical and emotional wellbeing and development. Fatherhood, it turns out, is a social justice issue.

But that’s unfortunately where the church often ends the conversation. We lament the shift in the family structure, express outrage at the latest statistics. We bring absent fathers into the culture wars, wrapping them up with changing definitions of marriage and family. As we preach and debate, Father’s Days go by and millions of children remain without the single, most influential male relationship that will continue to shape their identity throughout their lives.

If we take James’ words seriously and see true religion as caring for orphans and widows (James 1:27), we must see strong parenting, orphan prevention, as part of the call. How do we practically support the idea of children maintaining relationships with their fathers, if the ultimate responsibility lies on the father himself?

We can—without fanfare—support the fathers we know, including those that live with their children and those that do not. As Christians, we can offer dads opportunities to connect with their kids. That doesn’t mean plan another church carnival or father-daughter dance, though those are nice events.

Instead, as Christian families and communities, we should help foster organic relationships between fathers and children. Though relationships can be redeemed at any stage, the earlier the father-child bond is cultivated the larger the benefit is to the child. We can invite a dad and his kids into our lives, the things we are already doing, so they can experience life together. We support fathers as we ask a family over for dinner, ask them to go camping with us or signing up for T-ball together. Putting on the father-daughter dance is easier to execute because at the end of the night it’s over, while organic relationships are open-ended. It’s this side-by-side kind of journey that presents father and child the opportunity to be together.